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Al florecer las rosas madrugaron...: Chavela Vargas: la dama del poncho rojo

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Al florecer las rosas madrugaron...: Chavela Vargas: la dama del poncho rojo

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El libro que usted tiene en sus manos es una biografía novelada de la legendaria Chavela Vargas, de ahí que el autor no utilice el nombre de ella sino que hace uso de un nombre ficticio que es la misma Chavela quien se lo sugiere: Natyeli.
Natyeli, que en su infancia fue una chiquilla tullida que milagrosamente, logró reponerse de su postración y se levantó de aquella cama, para dar sus primeros pasos siendo una adolescente, con una cojera que delataba su enfermedad. Pero como ocurre con las águilas, los jilgueros y los zopilotes, tan pronto como pudo comenzó a soñar con volar alto. Ansiaba dejar aquel camastro que la mantenía horizontal, aquel casucho viejo y aquella gente que la despreciaba por su condición de tullida y hasta del cura que la abusaba…
La oportunidad le llegó cuando se presentó un circo en su pueblo y allí conoció a un trapecista del que se enamoró. La frescura de sus años y de su piel atrapó a Juan y ella se dejó llevar, no solo por la pasión, sino por el propio Juan quien se la llevó en el circo para Cuba... y aquí comenzó su vuelo por la vida. Quería cantarle a la vida, quería ser poema de mil amores. Su primer gran amor y su primera desilusión quedaron en Cuba, donde el desgraciado Juan ya no la quiso más y ella debió iniciar su periplo en México. No como las grandes. No como los águilas, sino como los zopilotes: viviendo de las sobras de los pobres más pobres en Tepito.
Sin embargo, aquel zopilotucho tenía alma de jilguero. En su pecho se arrebujaba el canto melodioso que llena el verde bosque de ilusión y de melancolía a la vez. ¡Ay! Pero ¿cuánto sufrimiento debía soportar aquella escuálida y renca mujer de San Joaquín de Flores?. ¿Cuántos vejámenes de hombres muy “machos” como el famoso cantante que la violó junto con cuatro hombres más y que motivó llamarle a su perrilla Vicenta?. ¿Cuántas horas de sexo desenfrenado y enfermizo debió soportar para alcanzar la cima, para volar alto como el águila? ¿Cuánto dolor al sentirse absolutamente sola, sin el apoyo de su familia, de su pueblo y de la nación que la vio nacer?, ¿Cuántas angustias debió padecer para regresar a su patria natal para sentirse tan sola como siempre y sumirse una vez y otra también en el alcohol? ¡Cuánto alcohol debió correr por sus venas para apaciguar sus angustias!
En la novela se citan muchos personajes que pasaron por la vida de Chavela, pero hay uno excepcional: su ex empleada Marta. La que le ayudó en sus años de gloria, la que heredó de la misma Chavela la casa donde vivía con su familia, y que luego Chavela fue robándole todo el menaje para convertirlo en tequila, y cuando Marta le reclamaba ella le gritaba “¡es una casa que salió de mis falopios, yo la pagué!” , a pesar de ello, Marta no perdía la esperanza de que su “patrona” pudiera recuperarse, a tal punto que llegó a encadenarla de la cama para que no se escapara, mientras ella se iba a trabajar de doméstica. Varias veces debió recogerla desnuda de las calles. Así de cruda fue la vida de Chavela y así de cruda la escribe José León Sánchez, como solo él sabe hacerlo. Es como si ambos se hubieran quitado la piel para verter sus recuerdos una, y su pasión por la letras el otro, en una obra que enfrenta al lector con la paradoja de querer que nunca termine para continuar leyendo, pero a la vez de que acabe pronto para terminar con el sufrimiento de Chavela.
El final de la novela, que inicia en las primeras páginas de la misma, Chavela Vargas, la vieja loca de la perra, como ella misma se llamaba, sumida en la más profunda miseria, prácticamente desnuda, con la única esperanza de encontrar la muerte en cualquier momento, es rescatada de los desagües de la Ciudad de México por Pedro Almodóvar Caballero. Ella misma decía que “Pedro Almodóbar Caballero es la deuda que Dios tenía conmigo”.

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